Resumen del libro

Work Clean: 9 lecciones de mise en place para tu restaurante

El sistema con el que ya funciona tu cocina es el sistema que le falta a tu oficina.

de Dan Charnas 2016 · Rodale 352 páginas Tiempo de lectura: 11 min de lectura

La mayoría de los libros de productividad los escriben consultores para gente de oficina. Work Clean es distinto: Dan Charnas, un periodista que nunca había trabajado en una línea de cocina, pasó meses en cocinas profesionales y llegó a la conclusión de que los cocineros tienen el sistema de trabajo más refinado que ha creado nunca ninguna profesión. Escribió el libro para entregar ese sistema a abogados y a gente de marketing. Para un dueño de restaurante se lee al revés. Tú ya tienes esa disciplina detrás del pase; la pregunta que plantea el libro es por qué se detiene en la puerta de la cocina, cuando tus pedidos, tu cuadrante, tu contabilidad y tu propia cabeza son exactamente donde vive el caos.

La gran idea

La mise en place no es una lista de preparación; es una forma completa de trabajar construida sobre preparación, proceso y presencia, y los mismos diez hábitos que sacan cien platos un sábado por la noche pueden poner tus pedidos, tu administración y tu semana bajo control.

Para quién es este libro

Léelo si llevas un restaurante, cafetería o bar independiente y tu cocina está más tranquila que tu oficina, o si eres un cocinero que acaba de convertirse en propietario y ha descubierto que el papeleo no responde a gritos. Los jefes de sala y de cocina que forman a personal encontrarán solo en los capítulos sobre comunicación y coaching el precio del libro recuperado. Sáltatelo si buscas recetas, anécdotas de servicio o un truco rápido: es un libro sobre hábitos, y pide treinta minutos de tu día, todos los días.

Lecciones clave

  • Trabajar duro y trabajar limpio no son lo mismo; un dueño ocupado no es necesariamente un dueño eficaz.
  • La planificación va siempre antes del trabajo, nunca después, y un plan solo es real cuando tiene un hueco fijo en el reloj.
  • Una tarea al noventa por ciento vale exactamente lo mismo que una que nunca empezaste: nada.
  • El primer movimiento cuenta más que cualquiera de los siguientes; la sartén va al fuego antes de sazonar.
  • Treinta minutos al día de recoger y planificar es el único hábito que mantiene vivos a todos los demás.

Tu cocina tiene un sistema; tu oficina no

Charnas abre con una escena que cualquier dueño reconocerá desde el otro lado: un chef instructor de una escuela de cocina se hace cargo de diecinueve estudiantes que nunca han visto su carta, y a la hora de comer ya está sacando platos que un cliente que paga no distingue de los de la promoción anterior. Después sigue a una gerente de oficina con talento y trabajadora durante un día cualquiera que termina con un presupuesto perdido, veinte presentaciones mal impresas y un partido de fútbol perdido. No por falta de esfuerzo. Por falta de un sistema.

Para un dueño de restaurante la comparación golpea de cerca. Detrás del pase nunca tolerarías a un cocinero que no sabe dónde están las pinzas, que empieza la guarnición antes que la proteína, que dice sí a un pedido sin repetirlo. En la oficina, la mayoría somos ese cocinero. Las facturas de proveedores viven en un cajón, una pila y tres bandejas de entrada; el cuadrante se escribe el jueves por la noche para una semana que empieza el lunes; las preguntas del gestor esperan porque sonó el teléfono. Nadie ha obligado nunca a la oficina a desarrollar lo que la cocina sí tuvo que desarrollar, porque en la oficina nada se quema si lo dejas un día más.

El libro destila el sistema de la cocina en tres valores. Preparación: pensar por adelantado no interrumpe el trabajo, es la primera mitad. Proceso: casi siempre hay una mejor manera de hacer algo, y el trabajo consiste en encontrarla y repetirla. Presencia: presentarte, quedarte y estar por completo en lo que haces. Cada capítulo que sigue describe una conducta que sale de uno de estos tres valores; Charnas insiste en que no son ideales para admirar, sino cosas que o practicas esta semana o no.

Sé honesto con el tiempo: planificar va primero

Un restaurante es una promesa: quien entra puede pedir cualquier cosa de la carta y recibirla rápido y bien hecha. Por esa promesa, una cocina no puede improvisar su preparación; tiene que saber, antes de la primera comanda, qué necesita, cuánto tarda cada cosa y en qué orden. Los chefs ponen la planificación antes de cocinar, argumenta Charnas, no porque sean más virtuosos que el resto, sino porque su carrera se muere si no lo hacen. El resto posponemos la planificación precisamente porque nada se quema visiblemente cuando lo hacemos.

Lo que distingue la planificación de cocina de una lista de tareas es la honestidad con el reloj. Una lista de tareas es medio plan; la otra mitad es decidir cuándo ocurre cada cosa y cuánto tarda de verdad. Los estudiantes de cocina aprenden a escribir una línea de tiempo, no una lista, y a trabajar hacia atrás desde el servicio hasta el momento en que se enciende el horno. Ese hábito viaja bien: si el gestor necesita el trimestre cerrado el día quince, ¿cuándo tienen que estar las facturas de proveedores, cuándo reclamas las que faltan, y dónde entra eso en tu agenda? La mayoría de los dueños saben todo esto de memoria y aun así se sorprenden cada trimestre.

El punto práctico más afilado es que una tarea y una cita son la misma cosa. Ambas necesitan tu tiempo y tu cuerpo; mantener una en una lista y la otra en un calendario te deja creer que tienes un martes libre cuando hay once cosas esperando. Pon las tareas en el calendario junto a las citas, y el calendario dirá la verdad que la lista ocultaba.

Ordena el espacio, reduce los movimientos

La palabra place en mise en place no es decoración. Un cocinero no puede dejar su puesto durante el servicio, así que todo lo que necesita tiene que estar a mano, en el orden en que lo usa, en el mismo sitio cada día, en el envase más pequeño que le sirva. Charnas describe cocineros que tratan su puesto como un triángulo del que nunca salen, que cogen dos platos porque tienen dos manos, y que nunca van a la cámara sin llevar algo sucio de camino. El objetivo no es la limpieza; es eliminar la fricción, para que el movimiento se vuelva automático y la mente quede libre para lo que de verdad hace falta.

Ahora mira tu oficina con los mismos ojos. ¿Dónde está la impresora respecto a la mesa donde firmas los albaranes? ¿Cuántos clics separan abrir el portátil del archivo que abres cada mañana? La propuesta de Charnas es casi de una sencillez infantil: dibuja en cinco minutos tu puesto de trabajo ideal, tú mismo en el centro, y compáralo con lo que hay realmente, preguntándote por qué está ahí cada objeto de más.

El segundo regalo del capítulo es la checklist. Los cocineros interiorizan los movimientos sencillos por repetición y externalizan los complejos como recetas, que no son más que checklists con nombre propio. Todo lo que haces regularmente, con más de cinco pasos, y en lo que a veces te equivocas, merece una: el cierre mensual, un proveedor nuevo, la ronda de apertura, montar la terraza en abril. Escríbela, úsala tres veces, corrígela, consérvala. Una oficina con recetas escritas puede pasarle la ronda del banco de los viernes a alguien que no seas tú.

Limpia sobre la marcha, también en la oficina

Cada chef del libro dice una versión de lo mismo: un cocinero que no puede mantener su puesto limpio no sabe cocinar, y esa limpieza tiene que ocurrir constantemente, no al final. Charnas llama a esto la verdadera prueba de la mise en place. Montar un sistema bonito es fácil; el trabajo está en mantenerlo mientras las comandas no paran de llegar. Una tabla de cortar llena de restos es la foto de una mente que ha perdido el hilo, y los chefs con experiencia miran el puesto de un cocinero en apuros antes de mirar su plato.

Las oficinas no tienen por qué limpiar porque nadie enferma por un escritorio desordenado, así que casi nadie lo hace. El coste del caos nunca es predecible. En un restaurante aparece como el depósito que olvidaste facturar, la nota de alérgenos en una servilleta, el proveedor pagado dos veces porque la factura estaba en dos montones. El remedio que propone el libro viene del yoga: volver a cero entre tarea y tarea. Archivos cerrados, herramientas devueltas, escritorio recto, antes de que empiece lo siguiente.

La idea más útil para un dueño es lo que Charnas llama higiene de proyecto. No abras el siguiente trabajo encima del anterior. Cierra el cuadrante antes de abrir el pedido; cierra el pedido antes de coger la llamada sobre la boda. Cuesta segundos y compra lo único que una oficina desordenada nunca tiene: una idea clara de en qué punto está cada cosa. Y también acaba con la mentira agradable de que una pila de documentos abiertos significa que se está trabajando.

Empieza ahora, termina lo que empiezas

Dos capítulos forman pareja y describen juntos el ritmo de un buen servicio. El primero trata de empezar: el reflejo de un chef ocupado en cuanto llega una comanda es poner una sartén al fuego antes que nada, porque esa sartén necesita dos minutos de todos modos, y esos minutos son gratis si coinciden con sazonar, y se pierden si no. Charnas convierte esto en una distinción que todo dueño debería recordar: hay trabajo que necesita tus manos todo el tiempo, y trabajo que solo necesita que lo pongas en marcha antes de que siga solo o a través de otras personas. El segundo tipo vale mucho más de lo que parece, y retrasarlo cuesta días en silencio.

Piensa en qué es, en tu negocio, una sartén al fuego. El mensaje al cervecero confirmando el pedido de la semana que viene. La respuesta de dos líneas que le permite a tu gestor seguir adelante. Ninguna de las dos tarda cinco minutos; cada una de ellas, dejada para mañana, para en silencio el trabajo de otra persona por tu culpa. Charnas propone empezar el día con un bloque corto dedicado exactamente a este tipo de desbloqueo, antes del trabajo de fondo, porque el trabajo de fondo seguirá ahí y la gente desbloqueada no va a esperar.

El segundo capítulo trata de terminar, y su regla es la ley de hierro del pase: un plato acabado al noventa por ciento vale lo mismo que uno sin empezar, porque nadie puede comérselo. La administración sin terminar obedece la misma ley. Un cuadrante casi escrito, un parte de seguro medio rellenado, una escandallo de menú al que le faltan tres platos: todo eso sigue ocupando tu cabeza y no entrega nada. El consejo más práctico es para cuando de verdad no puedes terminar: átalo bien. Reúne las piezas, anota dónde te quedaste, reserva el hueco para retomarlo.

Los chefs no corren

Una de las ideas más citables del libro viene de un instructor que señala que sus alumnos nunca ven a un chef correr. No porque los chefs sean vagos, sino porque correr es lo que haces cuando no estás donde deberías estar. La prisa produce movimientos descuidados, el pánico produce pasos olvidados, y ambos generan más retraso del que intentaban evitar.

Hay una razón fisiológica: la repetición fija lo que repites, precisión o descuido, y añadir velocidad a un movimiento descuidado nunca lo vuelve preciso. Por eso toda buena cocina enseña el corte antes que el ritmo. Para un dueño, la lección muerde con más fuerza el sábado en que dos personas se dan de baja y el datáfono se estropea. El instinto es moverse, hablar y decidir más rápido. El consejo del libro es el contrario: para, respira, limpia algo y da el siguiente paso a paso tranquilo. Varios chefs cuentan que limpiar el puesto es lo primero que hacen cuando notan que están a punto de perder el control, porque ese gesto obliga a respirar y a mirar alrededor.

Aquí merece la pena robar dos herramientas. Escribe una checklist de crisis para las situaciones que se repiten y que de forma fiable te hacen perder la cabeza, para que la próxima vez cojas una ficha en vez de improvisar mal. Y para una tarea que sigues posponiendo, en lugar de escaparte al móvil, hazla deliberadamente despacio, un pequeño movimiento cada vez. Mantienes el control, sigues avanzando, y el rechazo suele resultar más pequeño que la tarea.

Recibido: ojos, oídos y confirmación

Cualquiera que haya trabajado en una línea conoce el ritual: el chef canta un pedido, el puesto lo repite con las cantidades, y nada cuenta como entendido hasta que se ha dicho dos veces. Charnas dedica dos capítulos a esto, uno sobre atención y otro sobre comunicación, y van juntos. Un cocinero tiene que estar en dos sitios a la vez, metido en su propia tarea y totalmente presente en la sala, sintonizado con las voces que importan y sordo al resto; y la confirmación convierte una sala llena de individuos en un solo sistema nervioso.

Los dueños pierden esto en cuanto salen de la cocina. En sala y en la oficina recibimos mensajes por teléfono, mensaje de texto, correo, una nota en la barra, una palabra al pasar, y casi ninguno se confirma. Así que: una reserva por teléfono se repite con fecha, hora, número de comensales y nombre. Una petición de un empleado recibe un sí o un no concretos, no un asentimiento con la cabeza. La regla de que una confirmación debe decir qué se ha oído, no solo que se ha oído algo, merece un sitio en la pared.

Dos ideas más encajan en un restaurante pequeño. Menos canales: cada bandeja de entrada de más es un sitio donde puede esconderse una reserva o una factura, y el libro defiende consolidar y negarse educadamente a estar localizable en todas partes. Y la brevedad, por respeto al tiempo de los demás: un restaurador del libro lleva diecinueve restaurantes casi sin reuniones, porque cree que en el trabajo hay que trabajar y que los problemas se resuelven en persona. Tu briefing antes del servicio debería ser una sesión de confirmación, no un discurso.

Inspecciona, corrige y no desperdicies nada, personas incluidas

El pase existe porque un chef que ya no cocina sigue teniendo que mirar cada plato. Charnas describe chefs que prueban toda la noche, ponen tres pares de ojos sobre cada plato, y rondan la línea horas antes del servicio comprobando la preparación. Las mejores cocinas, argumenta, son escuelas: el chef enseña, el cocinero aprende, y la retroalimentación es información, no un insulto.

La oficina no tiene pase. Nadie revisa el cuadrante antes de colgarlo, nadie prueba el pedido al proveedor, nadie lee la respuesta a la mala reseña antes de publicarla. La respuesta de Charnas es construir el tuyo propio: pon tus estándares por escrito, mantén una checklist de calidad corta para los productos que fabricas (la carta, el pedido semanal y la nómina son productos), y consigue una segunda mirada para todo lo importante. Su propuesta de contar durante un día tus errores junto a sus consecuencias es humillante y liberadora a la vez: los errores son comunes, la mayoría son evitables, y se evitan cambiando la receta, no sintiéndote mal.

El último capítulo amplía el desperdicio a todo lo que una cocina cuida: espacio, movimiento, tiempo, ingredientes y, sobre todo, personas. Un chef despide a un cocinero que va mal, se da cuenta de que el fallo estaba en el puesto que le había asignado, lo cambia de sitio, y lo conserva seis años: una lección sobre colocar a las personas en vez de sustituirlas. Eric Ripert nota que una orden gritada hace temblar la mano de un cocinero y empeora el plato, reconstruye su cocina alrededor de la calma, y acepta que la amabilidad tiene un coste en la cuenta de resultados. La ira desperdicia personas, y las personas son el ingrediente más caro que compras.

La meeze diaria de treinta minutos

Todo en el libro converge en una sola recomendación, y Charnas es claro: si no te llevas nada más, llévate esto: una media hora fija, cada día, para recoger tu puesto y planificar el siguiente. Lo llama la Daily Meeze, por el argot de cocina, y es el equivalente de oficina de lo que cada cocinero hace antes y después del servicio sin que nadie se lo pida. Vacía los bolsillos, la bolsa, la bandeja de entrada y el escritorio de todo lo que necesite acción; registra esas acciones donde vayas a mirarlas; ajusta el calendario para mañana; ordena la superficie; reúne lo que hará falta mañana. Y luego para. La noche es tuya.

Alrededor de ese hábito construye un sistema ligero en vez de pesado. Un número manejable de grandes objetivos para el año, cada uno con una lista ordenada de pasos; solo el siguiente paso inmediato de cada uno recibe tu atención, el resto espera detrás, igual que las sartenes esperan al fondo de la placa. Y la semana se plantea como bloques de tiempo recurrentes antes de que entre ninguna tarea: tiempo personal, citas, bloques de trabajo profundo, y bloques cortos y frecuentes para el pequeño trabajo de proceso que si no se come cada hueco.

Lo que convierte la media hora en algo más que otro ritual de productividad es su tamaño. Treinta minutos bastan para mantener bajo control una vida laboral y son lo bastante cortos para sostener cada día; las sesiones más largas, argumenta Charnas, tienden a acomodar los malos hábitos en lugar de arreglarlos. Lo trata con franqueza como una práctica, en el sentido en que lo usa un profesor de yoga: hazlo sin juzgar la sesión de hoy, mantenlo cuarenta días sin interrupción, y deja que hablen los resultados. Los dueños de restaurante ya saben cómo se siente una rutina diaria innegociable. Se llama servicio. Esto es el servicio para la parte del negocio que nunca lo tuvo.

Ponlo en práctica

  1. Reserva una sesión diaria fija de treinta minutos para recoger y planificar, y protégela durante cuarenta días antes de juzgarla.
  2. Pasa cada tarea administrativa a tu calendario con una duración, junto a los servicios, para que la semana diga la verdad.
  3. Vuelve a dibujar tu puesto de trabajo en la oficina, conserva solo lo que dibujaste, y escribe una checklist para la tarea que más veces haces mal.
  4. Empieza cada día con un bloque corto de desbloqueo: cada respuesta rápida, cada aprobación y cada llamada que permite que otros trabajen.
  5. Convierte la confirmación en norma de la casa para reservas, peticiones e instrucciones, en la cocina, en la sala y en la oficina.

Dónde se queda corto el libro

El libro está escrito para gente de oficina, así que un restaurador encontrará la mitad de cocina familiar y la mitad de oficina más pensada para un cubículo corporativo que para una barra con un portátil encima; las recomendaciones de herramientas son de 2016 y los entrevistados son casi todos chefs de alta cocina de Nueva York, con el bistró corriente apenas visible. Charnas es también profesor de yoga y se nota, lo que a algunos lectores les parecerá inspirador y a otros algo místico. Y algunas de las cocinas que admira, con jornadas de quince horas y sin baja por enfermedad, se presentan como modelos de presencia donde un dueño europeo vería sobre todo un problema de personal. Léelo por las conductas y el ritual diario, y traduce los ejemplos tú mismo.

Nuestro veredicto

Léelo, sobre todo si tu oficina es la habitación menos organizada de tu local. Es ese libro de productividad poco frecuente que respeta lo que ya sabes, y su única gran petición, treinta minutos al día, es el hábito con mejor relación calidad-precio que puede comprarse un dueño independiente.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata Work Clean?

Del argumento de Dan Charnas de que la mise en place, la forma en que una cocina profesional prepara, ordena, se mueve y comunica, es un sistema completo para trabajar bien que cualquiera puede adoptar, construido sobre tres valores y diez conductas cotidianas.

¿Es útil Work Clean si ya llevo una cocina?

Sí, y puede que más que para el lector al que iba dirigido. La mitad de cocina ya la vives; el valor del libro está en mostrar por qué esa disciplina se detiene en la puerta de la oficina y cómo llevarla a los pedidos, la administración, el personal y tu propia semana.

¿Qué es la Daily Meeze?

Una sesión fija de treinta minutos cada día, idealmente por la tarde, para vaciar cada bandeja de entrada física y digital, anotar lo que hay que hacer, ajustar el calendario del día siguiente y ordenar el puesto de trabajo. Charnas la llama el hábito más importante del libro.

¿Cómo se compara Work Clean con Getting Things Done o Atomic Habits?

Toma ideas de ambos, en concreto la de la siguiente acción y la ventana de cuarenta días para formar un hábito, pero las asienta en una cultura de trabajo real en vez de en una teoría. Si esos libros te resultaron abstractos, el marco de la cocina puede ser lo que haga que los hábitos se queden.

Esta es nuestra propia lectura del libro, no un sustituto. Compra el libro en tu librería de siempre.

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