Resumen del libro

Without Reservations: 8 lecciones para su restaurante

Un negocio familiar sobrevive noventa años cuidando primero a su gente y sabiendo exactamente en qué es bueno.

de J.W. "Bill" Marriott Jr. 2012 · Diversion Books 240 páginas Tiempo de lectura: 9 min de lectura

Todo propietario de un restaurante independiente se ha preguntado alguna vez qué le haría un segundo local. La familia de Bill Marriott empezó en 1927 con un puesto de root beer de nueve taburetes y acabó con miles de hoteles, y Without Reservations es su relato, escrito a los ochenta años mientras entregaba las riendas, sobre qué sostuvo el negocio a través de ese crecimiento y qué estuvo a punto de hundirlo. No es un libro de hoteles. Es un libro sobre un negocio de restauración que creció, contado por el hombre que estuvo presente durante sesenta de esos años.

La gran idea

Cuide a las personas que atienden a sus clientes y ellas cuidarán de los clientes; crezca después solo hacia negocios que entienda lo bastante bien como para arreglarlos cuando se rompan, y asegúrese de que el negocio pueda sobrevivirle a usted.

Para quién es este libro

Léalo si dirige un negocio familiar, tiene empleados o está sopesando un segundo local. Los propietarios que se acercan a la sucesión, y los hijos a punto de heredar un restaurante de un padre que no sabe soltar, son quienes más sacarán de él. Sáltelo si busca tácticas para el servicio de esta noche; este es un libro sobre los próximos diez años, no sobre el próximo turno.

Lecciones clave

  • El personal que se siente respaldado va mucho más allá del puesto por un cliente. Un jefe abusivo que cumple las cifras igualmente tiene que irse.
  • Las cuatro palabras más útiles que puede decir un propietario son '¿qué opinas tú?', sobre todo a quien no ha dicho nada.
  • Los procedimientos estándar hacen que la calidad sea repetible, y liberan a las personas para improvisar cuando el procedimiento se acaba.
  • Toda expansión que fracasó fue hacia un negocio que la familia no entendía lo suficiente para repararlo; toda la que funcionó se mantuvo cerca de lo que ya conocían.
  • Un negocio que no puede funcionar sin usted no es un activo, es un pasivo con su nombre en la puerta.

Cuide a su gente y ellos cuidarán de sus clientes

El hilo conductor de Without Reservations es una frase que Marriott escuchó de su padre en la mesa: cuida a quienes trabajan para ti, y ellos cuidarán del cliente. Suena a cartel de pared, y en muchos restaurantes no es más que eso. Lo que hace que valga la pena leer el libro es que Marriott muestra lo que esa frase cuesta en la práctica: horas escuchando los problemas familiares de una camarera de piso mientras los directivos esperan, un presupuesto de formación que nunca es lo primero que se recorta, y el despido de un director con excelentes cifras porque su equipo le tenía miedo visiblemente.

Todo propietario ha conocido a ese director. Los números están bien, la cocina funciona, y todo el equipo camina de puntillas. La tesis de Marriott es que esos resultados están tomados prestados de la cultura, y que el préstamo vence en cuanto se va la buena gente. En un negocio donde casi todos los que están en nómina se cruzan con un cliente, el estado de ánimo de quien lleva el plato ES el producto. Un camarero estresado y desprotegido no puede fingir calidez durante todo un turno, y el cliente nota la diferencia.

Las historias de empleados que prestan ropa o pasan meses junto a un compañero enfermo no están ahí para conmover. Son un argumento de negocio: la gente solo hace eso si cree que la empresa haría lo mismo por ellos. Su relato de una gran ronda de despidos a principios de los noventa es el pasaje más útil para un propietario que ve venir un mal invierno. Gestione un despido con el cuidado de los años buenos, y quienes se van no se volverán contra usted, mientras que quienes se quedan confiarán más en usted.

Pregunte '¿qué opinas tú?' y hágalo en serio

La herramienta de gestión favorita de Marriott es una pregunta. La rastrea hasta un momento en que, siendo un oficial de marina muy joven, un invitado famoso en la granja familiar se dirigió a él, el más joven de la sala, y le preguntó qué quería hacer. Décadas después sigue llamándolas las cuatro palabras más importantes en los negocios, y el libro muestra el hábito en acción: llamar personalmente a personas varios niveles por debajo para saber cómo van realmente las cosas, responder cada carta que le escribe un empleado, y guardarse su propia opinión en una reunión para que nadie ajuste su respuesta para complacerle.

El motivo no es la cortesía. La gente hace casi cualquier cosa para evitar llevar malas noticias al jefe, y un restaurante genera malas noticias que nadie menciona: el proveedor cuyo pescado ha bajado de calidad, el cliente habitual que ha dejado de venir, el plato nuevo que la cocina detesta en privado. Marriott describe un proyecto que le encantaba y que todo su equipo directivo consideraba un desastre, y que solo se lo dijeron cuando acorraló a la única persona que había guardado silencio. Lo canceló en el acto. La persona callada en la sala suele ser la que vale la pena preguntar.

Es igual de claro sobre el fallo contrario. Un directivo que rechazaba cada idea con las mismas tres objeciones descubrió que en menos de un año nadie le contaba ya nada, y perdió su puesto. Y la propia empresa de Marriott, a finales de los años ochenta, oyó las advertencias de que el mercado estaba sobreconstruido y solo escuchó a los optimistas, lo que le costó una década. Si su equipo ha dejado de proponer cosas, no es porque se le hayan acabado las ideas.

Sin figuras estrella: un equipo que tira junto

Un capítulo describe el único periodo en que el trabajo en equipo se rompió en la empresa: dos directivos ambiciosos querían el mismo puesto, la rivalidad se volvió política, y todos a su alrededor pagaron en moral y energía desperdiciada. Ninguno de los dos consiguió el puesto y ambos se fueron. Marriott lo usa para explicar una cultura con poca paciencia para quienes se ponen por delante de los demás. Los títulos y credenciales cuentan menos que la dedicación y el sentido común, y quienes ascienden suelen haber subido desde abajo y recordar la primera línea.

De ahí salen dos reglas prácticas. Primero, se niega a pagar a un puñado de estrellas muy por encima de todos los demás, porque una estructura de recompensa que distingue a unos pocos rompe la sensación de que todos están en el mismo barco, y un negocio de servicio depende más de esa sensación que de cualquier individuo. Segundo, forme de manera cruzada. Un personal capaz de hacer más que su propio puesto significa que un cliente nunca oye que algo no es responsabilidad de nadie, y el local sigue funcionando la noche en que tres personas llaman enfermas.

El capítulo se amplía hasta el recordatorio de que un negocio tiene más socios que su personal: inversores, los competidores que lo mantienen despierto, y clientes que pueden cruzar la calle. Marriott es generoso con los rivales, reconociendo que la mejor cama de un competidor le obligó a una gran renovación de sus propias habitaciones, un correctivo útil frente al reflejo de ver al local dos puertas más allá como el enemigo. Coloca respeto y reconocimiento uno junto al otro, y respalda el segundo con un hábito que merece la pena robar: varios cientos de notas de agradecimiento escritas a mano cada año.

Recorra la sala: no se dirige un local desde una hoja de cálculo

Marriott heredó de su padre la convicción de que un directivo pertenece a la sala, no a la oficina. Su padre visitaba sus restaurantes casi a diario y interrogaba a los cocineros sobre el procedimiento; el hijo pasó su carrera inspeccionando establecimientos, mirando bajo las camas, abriendo cajones y, sobre todo, observando cómo reaccionaba el personal cuando entraba el director general. Esa reacción, dice, es la prueba más fiable de si un local está bien gestionado. Si la gente se alegra de ver al jefe, es que el jefe ha estado escuchando.

El argumento no es sentimental sino informativo. Un directivo que recorre el edificio detecta los problemas antes de que se enconen y decide con rapidez porque nadie tiene que ponerle al día desde cero. El ejemplo de Marriott es la venta, el mismo día en que se cerró un gran acuerdo de adquisición, de una serie de restaurantes de alta cocina incluidos en él, porque él había dirigido restaurantes y sabía que esa categoría no era para ellos. Lo contrario son las residencias asistidas, que parecían hoteles con huéspedes mayores hasta que el aspecto médico resultó ser algo que la empresa no entendía.

Dos puntos menores completan el capítulo. Aprendió a detectar la mano de pintura fresca que aparece cuando el personal sabe que viene el jefe, y a mirar el comedor del personal y el muelle de carga antes que el vestíbulo: si la trastienda está limpia y la gente allí sonríe, la parte delantera irá bien. Y todo lo que notaba iba directamente a alguien que pudiera arreglarlo, de modo que una visita producía un cambio, no solo un recuerdo. Para un propietario que ya está en la sala todas las noches, la pregunta es distinta: ¿lo que usted ve se convierte en una lista?

La forma correcta cada vez, y lo que los procedimientos no pueden hacer

La madre de Marriott tenía veintiún años cuando escribió a su marido una carta, con diagrama incluido, sobre cómo mantener brillantes las jarras de root beer y con qué frecuencia limpiar una pieza de la máquina de carbonatación. Su padre se paraba junto a una plancha para preguntar a un cocinero cuántas veces había que dar la vuelta a las patatas fritas. Esa obsesión con el procedimiento es lo menos glamuroso del libro y, según Marriott, el verdadero producto que vende la empresa: no habitaciones, sino la misma bienvenida y la misma habitación limpia en miles de lugares, lo cual convence a los inversores de poner el nombre en sus edificios.

Para un restaurante independiente, la lección es de menor escala pero idéntica. La constancia hace que un cliente vuelva un martes en que usted no está, y es lo que hace posible un segundo local. Marriott describe su primer trabajo en un hotel como una caza de segundos perdidos entre la llegada de un pedido a la cocina y el plato en la mesa, y su primera decisión ejecutiva fue una partida de gasto por los cubos de hielo que los huéspedes se llevaban. La excelencia, según su relato, es sobre todo el hábito de detectar pequeñas fugas y cerrarlas de manera definitiva.

Después gira el argumento. Ningún procedimiento cubre al cliente que enferma a las dos de la madrugada, o al que llama desde el aeropuerto por un pasaporte olvidado en la habitación. Ahí cuenta una persona con la confianza suficiente para actuar, y las mejores historias de servicio del libro, una recepcionista que resuelve cuatro crisis a la vez con una sonrisa, un equipo de resort que convierte un peluche perdido en un álbum de fotos para un niño desconsolado, tratan de personas que improvisan bien. Los buenos sistemas liberan a la gente para hacerlo: cuando lo básico funciona solo, nadie está demasiado ocupado ni demasiado asustado para ser amable.

Decida decidir: sus límites forman parte del negocio

El capítulo más personal se abre con Marriott, ya cumplidos los cincuenta y tantos, bajando de un tren con dolor en el pecho y pasando seis meses recuperándose de tres infartos y un baipás. Reconoce con franqueza que nadie había cometido un error: décadas de jornadas de dieciséis horas, cenas tardías y copiosas, y una preocupación heredada lo habían llevado exactamente hasta allí. Su padre había vivido igual y pagó con una enfermedad tras otra. El cambio que siguió fue en parte dieta y cinta de correr, y en parte actitud: aprendió a delegar, y mantuvo su impulso de estar presente sin actuar siempre según él.

Todo propietario de un restaurante debería leer este capítulo dos veces, porque el oficio funciona precisamente con los hábitos que lo llevaron al hospital. Su consejo no es trabajar menos duro, sino trazar una línea más firme entre el trabajo y el hogar: una velada fija cada semana con su esposa, cenar en casa cuando no viajaba, y un no a casi todo lo que no fuera familia, fe o negocio, en ese orden. Los infartos no redujeron sus preocupaciones; se sumaron a ellas y asustaron a todos los que dependían de él.

La segunda idea da título al capítulo. De joven decidió de una vez por todas lo que no haría, y nunca más gastó energía en reabrirlo. Aplica lo mismo al negocio: zanjar las preguntas que siempre vuelven, escribir la respuesta y dejar de debatirlas. Y extrae la lección sobre la sucesión directamente de la cama de hospital. La empresa había funcionado perfectamente sin él durante seis meses, algo que encontró tranquilizador más que insultante, y lo convenció de que un negocio secuestrado por la presencia de una sola persona está condenado a fracasar.

Seguir siendo quien eres mientras lo cambias todo

Dos capítulos en la mitad del libro contienen su mejor reflexión sobre el crecimiento, construida sobre una paradoja: para crecer hay que cambiar constantemente, y para sobrevivir al cambio hay que seguir siendo reconociblemente uno mismo. La empresa se equivocó en ambas mitades en distintos momentos. Se resistió al franquiciado durante décadas porque el fundador odiaba ceder el control, después lo intentó a medias y tuvo que retroceder. Abrazó la construcción financiada con deuda en los años ochenta con tanto entusiasmo que el desarrollo empezó a dirigir la empresa en lugar de servirla, y el crac de 1990 la dejó con miles de millones en propiedades sin vender.

El catálogo de negocios paralelos es la parte que un propietario leerá haciendo una mueca. Una agencia de viajes que se enemistó con las mismas agencias que le enviaban clientes. Cruceros, en una sociedad sin control propio, en un mar donde estalló una guerra. Parques temáticos, donde los edificios estaban bien y el entretenimiento era un mundo que no entendían. Seguridad para el hogar. Limpieza a domicilio. Su veredicto se aplica a cualquier restaurante que haya añadido un food truck, un servicio de catering o una tienda: si no puede arreglar un negocio cuando se rompe, ni siquiera puede saber qué ha fallado.

Lo que los salvó fue una disciplina de planificación que sobre todo decía no, y la disposición a volver a lo que conocían. Los éxitos se mantuvieron cerca de casa: una marca hotelera más económica incubada durante tres años con investigación fanática, una adquisición de lujo decidida en semanas porque el encaje era evidente. Admite que vender el negocio original de restaurantes tras sesenta años fue fácil sobre el papel y doloroso en el corazón. Para un independiente, esta es toda la cuestión de un segundo local: conservar lo que hizo funcionar al primero, cambiar lo que impide que funcione en otro sitio, y hacer los deberes antes de firmar.

Tome la decisión y después suéltela

Las últimas lecciones tratan sobre las decisiones, y empiezan con la que Marriott se equivocó más famosamente: rechazar un hotel a medio construir porque su equipo no lograba ver más allá de su atrio extraño y derrochador. Se convirtió en el buque insignia de un rival y en la plantilla de toda una generación de hoteles espectáculo. De ahí extrae cuatro reglas. Estar dispuesto a decidir, sin más, porque el miedo de su padre a que hubiera una opción mejor a la vuelta de la esquina lo paralizaba. Hacer los deberes, pero detenerse antes de que se convierta en una forma de evitar la elección. Escuchar al corazón, es decir, la experiencia que los números no pueden capturar. Y una vez decidido, negarse a perder tiempo en el arrepentimiento.

La regla del corazón recibe dos ejemplos contrapuestos. Una cadena de lujo se compró casi de un día para otro porque el encaje era evidente. Una famosa empresa de entretenimiento se estudió durante más de dos años y se rechazó, porque dependía de una chispa creativa que a la familia le faltaba y de una propiedad a distancia que Marriott admite que nunca habría podido ofrecer. La señal, dice, fue el tiempo que llevó: si hubiera sido lo correcto, no habría tardado tres años en verse.

El libro se cierra con la sucesión, donde aterriza todo el argumento. A los ochenta años dejó el cargo de director ejecutivo en favor de alguien ajeno a la familia, tras años probando a candidatos, incluido su propio hijo, en distintos papeles. El hijo resultó ser un emprendedor que odiaba las reuniones largas y es más feliz con sus propios proyectos; zanjar la cuestión, dice Marriott, los convirtió en mejores amigos. Cualquiera que dirija un restaurante familiar con un hijo en la cocina debería leer ese final y decidir después, de forma deliberada, quién toma el relevo y cuándo, antes de que sea un hospital quien decida por él.

Ponlo en práctica

  1. Mantenga una breve reunión individual con cada miembro del equipo este mes y pregunte qué facilitaría su trabajo; actúe sobre una cosa por persona.
  2. Escriba en una hoja las tres procedimientos que más fallan en su local, fórmelos y cuélguelos donde el equipo pueda verlos.
  3. Empiece el hábito de las notas de agradecimiento escritas a mano para el personal, los proveedores y los clientes habituales, unas cuantas por semana.
  4. Bloquee una velada a la semana y un día completo cada dos semanas que el negocio no pueda quitarle, y póngalos en el horario como un turno.
  5. Redacte una nota de sucesión de una página: quién entra si usted falta seis meses, qué necesita saber esa persona, y quién hereda el negocio finalmente.

Dónde se queda corto el libro

Son las memorias del presidente de una empresa cotizada, escritas con un coautor, y se leen así: cálido, anecdótico, a veces un folleto de las marcas, y en ocasiones un alegato al gobierno estadounidense sobre visados y turismo que no dice nada a un propietario en Sevilla o Buenos Aires. Es escaso en la mecánica que un pequeño empresario quiere conocer, márgenes, precios, alquileres, derecho laboral, y su escala resulta a menudo absurda junto a un bistró de veinte cubiertos. El enfoque religioso del trabajo y la vida no conectará con todos. Léalo por la cultura y los errores de crecimiento, no como un manual operativo.

Nuestro veredicto

Un libro generoso y honesto de alguien que pasó sesenta años en el oficio, y uno de los pocos que habla en serio de sucesión y del coste de trabajar en exceso. Vale una velada para todo propietario que piense más allá del próximo mes; regálelo a su sucesor en cuanto tenga uno.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata Without Reservations?

El relato de Bill Marriott sobre cómo el pequeño puesto de root beer de sus padres en Washington creció hasta convertirse en un grupo hotelero mundial, organizado en torno a cinco valores: las personas primero, buscar la excelencia, aceptar el cambio, actuar con integridad y servir al mundo.

¿Es útil para un pequeño restaurante el libro de un directivo hotelero?

Sí, más de lo que sugiere el título. La empresa fue una cadena de restaurantes durante sus primeros treinta años, y las lecciones sobre personal, constancia, escucha, errores de expansión y sucesión se aplican directamente a un local independiente.

¿Qué significa exactamente 'las personas primero' en el libro?

Trate a sus empleados con el respeto que quiere que muestren a los clientes: invierta en formación, escuche sus problemas, ascienda desde dentro y aparte a los directivos que consiguen resultados mediante el miedo. La tesis es que esto reduce la rotación y aumenta la satisfacción del cliente.

¿Cuál es la mayor lección sobre el crecimiento?

Expanda solo hacia negocios que entienda lo suficiente para repararlos cuando se rompan. Los fracasos de la empresa, cruceros, parques temáticos, una agencia de viajes, fueron negocios en los que entró por intuición; sus éxitos se mantuvieron cerca de lo que ya conocía.

Esta es nuestra propia lectura del libro, no un sustituto. Compra el libro en tu librería de siempre.

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